La Patatera
1998
Mateo Charris, Ángel
Decidí aprovechar una de esas treguas del invierno para ir a tomarme un trago de sol al pequeño quiosco del puerto. Acompañé el calorcito con un martini y unas patatas. El aletear de las gaviotas traía unas agradables rachas de mediterráneo.
En una mesa próxima, dos viajeros de los de venerable melena cana y aspecto señorial, compartían conmigo el estupendo deporte de la vagancia. Uno de ellos, con acento italiano, se mostraba especialmente comunicativo.
–¡Qué hermoso puerto! ¡Y qué precioso establecimiento, signora! –la propietaría agradeció el cumplido y les sirvió otro par de cervezas.
–¿No le parece agradabilísimo este local y este entorno? –dijo el anciano dirigiéndose hacia mí.
–Claro –contesté yo– Aunque no todo el mundo parece pensar lo mismo por aquí. Hay quién dice que desentona, que no es suficientemente…
–¿Suficiéntemente mediocre tal vez? Ah, botarates. Aquí todo el mundo opina. Hasta los columnistas de la hoja parroquial, que todo lo que saben de arquitectura se reduce al arreglo de su cuarto de baño, empiezan enseguida a dar clases de urbanismo –refunfuñó el hombre.
–No importa, mañana también sentarán cátedra sobre arqueología, pasado sobre enfermedades venéreas y, al otro, le lamerán las botas al político de turno.
Sin perder la sonrisa, comenzamos a desgranar quejas contra las llagas de la vida de provincias y los enemigos del progreso.
Parecía tener alguna de esas espinas clavadas o a lo mejor sólo era un tipo lúcido.
–Parece conocer bien el carácter de esta ciudad. ¿Ha estado antes aquí?
–No, hijo mío –dijo soltando una carcajada– en todas partes es igual.
El compañero sesteaba arrullado por nuestra conversación. En ese momento se nos acercó un joven con un teléfono móvil. Parecía ser algún miembro de la tripulación al servicio de los abuelitos cerveceros.
–Señor Terragni, tiene una llamada de Los Ángeles.
Gesticulando con las manos le indicó al marinero que no quería contestar la llamada.
–Tengo todo el tiempo del mundo para hablar con los ángeles. ¿Cierto Mies?
El otro pareció despertar repentinamente y se dirigió a mí como si hubiera estado participando en la conversación desde el principio.
–Claro que todo el mundo opina. Lo importante es que, a pesar de todo, construyamos piezas como ésta. Las cosas se van haciendo mejor y mejor a través del ejemplo. Si no lo hay, entonces la gente únicamente habla; hablan de cosas que no conocen, con lo que de ningún modo pueden juzgar la diferencia entre lo bueno y lo malo1.
–Un arquitecto no puede estar esperando ni las alabanzas ni las críticas de cualquier hijo de vecino. Ah, pero hablo de arquitectos, no de levantaparedes –dijo Terragni, el más guerrero de los dos–. ¿Para qué sirve el aplauso? ¿acaso somos futbolistas?
–Así que son ustedes arquitectos –pregunté.
–Lo fuimos, al menos –contestó el italiano limpiándose un bigotillo de espuma– No es que me parezca mal que todo el mundo opine, pero luego la gente cree que todos los que escriben en un periódico tienen un juicio fundamentado: que saben. ¡Que saben escribir al menos!
–Sí, es mucho suponer. Porque aunque la mona se vista de Umbral… –me atreví a decir para darle más cuerda al cascarrabias, que me divertía mucho.
–¿Quién es Umbral? –preguntó Mies.
–¡Y qué importa! –dijo el italiano– ¡miren ese sol! Mejor: mírenlo a través de esta cerveza. Miren lo azul y lo lejano.
La señora Magdalena –la propietaria del chiringuito– trajo otra ronda. A esas alturas ya me había incorporado a la mesa de los turistas, y nuestras conversaciones iban y venían, de la India a las patatas, y de la creación a las lasañas. Discutíamos sobre la verdadera receta de la lasaña, de la receta de mi madre a las de las dos abuelas de Terragni, desde los diferentes tipos de queso a la temperatura del horno.
–Todo el mundo opina –sentenció Mies.
Y hasta los ángeles estuvieron de acuerdo.
1: En Conversaciones con Mies van der Rohe. Editorial Gustavo Gili, S.L.
Fuente:
Primera versión en La Naval nº 10. Quiosko Martín Lejarraga. Prensa de la República de Cartagena. Septiembre, 1998.




