Toys are us
1999
Mateo Charris, Ángel
Catálogo
El teléfono sonaba insistentemente en la destartalada sucursal de la C.I.A. en Tucson. Los recortes presupuestarios del Congreso, propiciados por una serie de continuas pifias en operaciones delicadas, habían hecho que la nueva plana mayor llegara a acuerdos con empresas de todo el país para el mantenimiento de la agencia. En Arizona, los sótanos de Toys’r’us servían de improvisada oficina secreta desde la que manejar los destinos del mundo. Una remesa de jirafas de peluche y una pila de mecanos oxidados vigilaban los teletipos y ordenadores de segunda mano, que servían a los fines de la élite del mundo de los espías.
Alguien se decidió a coger el teléfono aquel cansino lunes invernal. El inspector, mientras tanto, daba de comer a los famélicos peces de su acuario.
–Jefe, es Rodríguez. Olvidé decirle que estuvo llamando toda la tarde del viernes y el sábado.
–¿Rodríguez? ¿No estaba de vacaciones?
–Sí. Llama desde España. Dice que es muy importante.
El inspector esbozó una mueca de fastidio infinito, pero se decidió a coger el toro por los cuernos.
–Dígame Rodríguez.
–Señor Van Sickle, no se lo va a creer, pero creo que he descubierto algo grande…
–Puede jurar que no me lo creo, pero siga.
–Mire, estoy de vacaciones en Cartagena…
–¿Está usted en Colombia?
–No, no, en España. Es que aquí hay otra. Verá, el otro día estuve en una exposición de pintura, que ya sabe que me gusta mucho, y encontré algo desconcertante.
–Eso me va sonando.
–Déjeme explicarle. Los cuadros son de una pintora que se llama Carmen Navarro. En un primer momento no me di cuenta, pero poco a poco todo empezó a encajar como un rompecabezas.
El inspector se puso cómodo y empezó a hacer su crucigrama mientras el excitado agente relataba su vital descubrimiento.
–Los ovnis de Reyjkavic, ¿le suena?, la Operación Dromedario Insolente en Libia, ¿le suena?, las gatitas gemelas del presidente ¿le suenan?. Pues está todo ahí, en sus cuadros, a la vista de todo el mundo, aunque sólo alguien que sepa de qué va todo esto puede descifrarlo. Pero me temo que es un mensaje en clave para comunicarse con algún servicio de inteligencia. Estamos vendidos, jefe.
–Rodríguez, cálmese. Me abruma con su capacidad de imaginación, pero creo que otra vez se excede. ¿Mensajes en cuadros? ¿En Cartagena de España?. Mire, relájese y disfrute de sus vacaciones, a ver si a su regreso vuelve convencido de que la guerra fría terminó hace años.
–¡Que sí, jefe, que está clarísimo!
–Bueno ¿y que tal pinta? -interrumpió el inspector tratando de dar un nuevo rumbo a los desvaríos del agente.
–¿Qué? Ah, realmente bien. A mí me parece detectar un aire de Alcolea, de cierto Hockney, de Basquiat, de Kenny Scharf…
–¿Kenny Scharf? ¿No es ese el que, según usted, había descubierto toda la verdad sobre el caso Roswell en su anuncio de Absolut?
–Sí, verá, aquello fue un error. Y tampoco quiero decir que sea lo mismo que…
–Oigame, Rodríguez. Lo único que le reconozco es su buen olfato para el arte, que corre paralelo a su ineptitud para practicar este oficio. Así que va a hacer una cosa: regáleme alguno de los cuadros de esa chica y puede que se me olvide este incidente. Su hoja de servicios tiene tantos tachones que pronto parecerá una hoja de calco.
Y diciendo esto colgó enérgicamente el teléfono.
Una carretilla sepultó a la secretaria de la oficina entre montones de cajas de Power Rangers.
–Pero, ¿qué demonios es todo eso?
La señorita Myers –resignada– se apretujó todo lo que pudo mientras recogía una nueva llamada.
–Jefe, no se preocupe. Sólo será unos días, el encargado dice que es por lo de las rebajas. Por cierto, tengo por la otra línea a Elvis. Dice que está harto de ser croupier en Barbados y que quiere una nueva identidad.
–Lo que me faltaba! El inspector se fue a por los dardos y lanzó uno contra el viejo mapa mundi de la pared.
–Sierra Leona, dígale que estoy allí por un asunto muy importante.
El inspector examinó pensativo el dardo. Sierra Leona tal vez fuera un buen destino para esa tortura llamada Rodríguez. Decidió esperar y darle una oportunidad del tamaño del cuadro que éste le trajera. ¡Y más le valía que fuera bueno!
Fuente:
Catálogo El color habitado de Carmen Navarro Salinas. Ayuntamiento de Cartagena. Febrero, 1999.




