Viajes dorados
1999
Mateo Charris, Ángel
Llevaba varios días sin saber nada de Nicole. No atendía las llamadas, y había faltado a varias citas con amigos comunes. Empezaba a preocuparme, así que decidí ir a su casa y abrir con la llave que suelo usar para regarle las plantas en sus vacaciones y ausencias largas.
Cuando llegué, todo parecía normal. La gata salió a recibirme por un hueco de la ventana, pero de la dueña, ni rastro. Subí al estudio, que delataba las preparaciones de su inminente exposición: un desorden de telas y libros, de materiales y revistas, un archivo trajinado y el característico olor a pintura. El flexo alumbraba una publicación, de las que ella utiliza como fuente para sus obras, y una nota garabateada a toda prisa que ofrecía un enigmático jeroglífico: Toscanini, Túnel del Tiempo, Carretera de Canteras Km. 4,9. Todo lo demás estaba en perfecto orden, pero a mí me parecía bastante raro. Decidí consultar a sus amigas, por si me aclaraban algo o me hacían desechar mi intranquilidad. Cogí la agenda y empecé a marcar: Ángela, Flori, Lola, Mayke, Pili, Silvia, Yayi… Lo único que conseguí fue alarmar a las que localicé, y prometí ir inmediatamente a la dirección de la nota por si encontraba alguna pista de la desaparecida.
Tomé un taxi, que me llevó a lo que resultó un túnel de lavado de coches y un garaje, en medio de nada. Le dije al taxista que me esperara, pero en cuanto anduve unos metros lo vi alejarse de mí y de mis maldiciones.
Hice una descripción de Nicole y de su coche a los empleados del taller, pero no parecían haberla visto. Uno de ellos vio la nota con la dirección, y se echó a reír.
–¿Toscanini? Eso no es aquí. Es un tío loco que tiene una cerca junto a la rambla. Hay que seguir el camino de cabras de detrás del taller.
Siguieron una serie de descripciones del personaje en cuestión, no especialmente tranquilizadoras, y para nada concordantes con alguien con quién soliera tratar Nicole: un chalado zarrapastroso, el filósofo de la chatarra y un pesado de tomo y lomo.
Tras un buen rato de sol y camino pedregoso llegué al paraíso de la uralita reciclada y la arquitectura de ensamblaje: un Frank Gehry menos vistoso y más neorrealista. El personaje en cuestión, y su tremenda corte de animales domésticos, resultó menos terrible de lo que contaban. A primera vista resultaba un ancianito de lo más encantador, un personaje de cuento. Al rato, empezabas a notar como le zurraban los escasos tornillos que aún le quedaban en la cabeza.
–¿Nicole? Claro que estuvo aquí. Pero ahora se ha ido.
–¿Estuvo aquí? ¿Comprando algo?
–Quería. Le gustaban mucho todas esas revistas viejas que guardo en la cochera. Y los anuncios luminosos de las peluquerías. Las chapas metálicas de Mirinda y Camping… Todo eso. ¡Quería alquilar una camioneta!
–¿Cuándo vino?
–Pero en cuanto vio mi invento se le olvidó todo.
–¿Cuándo la vio por última vez?
–Se lo enseño a poca gente, pero ella me cae bien.
–El invento.
–Mi invento.
Abrí bien las orejas, porque parecía prepararse algo gordo: o los desvaríos de la demencia senil, o una de esas historias que me gusta utilizar cuando alguien me pide que le escriba algo.
El señor Toscanini me fue contando el funcionamiento básico de su túnel del tiempo. Mientras nos dirigíamos al garaje me mezclaba la física con la mística y la relatividad con la receta del tocino de cielo. Se manejaba como pez en el agua en un galimatías seudocientífico, esotérico e ininteligible. Aún así, me tenía fascinado. Cuando llegué al taller y vi su máquina del tiempo, pensé que nunca podría contar esta historia tal cual era o iba a parecer El milagro de P. Tinto: un Gordini dorado colgaba del techo por medio de unas cadenas. Del motor le salían una serie de mangueras de plástico que iban a parar a bidones de Vernel, Mimosín y toda clase de plastiquería de supermercado.
Toscanini intentaba decirme que Nicole había quedado tan fascinada con su invento que había decidido probarlo y darse una vuelta por el pasado. Y su tono empezó a darme miedo. Estaba allí solo, con un loco, rodeado de una jauría de perros y, lo que es peor, en las mismas circunstancias que Nicole unos días antes. Imaginé lo peor, y decidí salir del atolladero como bien pudiera para ir a pedir ayuda.
–Tengo que irme, ya volveré otro día y me enseña usted cómo funciona esto.
–Como quieras, ven cuando sea.
Pero un tremendo estruendo acabó por quebrar mi escasa entereza.
–No pasa nada, es la puerta que se ha vuelto a descolgar.
Los perros ladraban enloquecidos asustados por el ruido del cacharrazo, y no tuve otra opción que subirme al Gordini porque sospechaba que peligraba mi integridad. Un par de bóxer parecían especialmente molestos con mi presencia.
–Ahora que estás subido a mi maquina, ¿no te apetece dar una vuelta por el tiempo? De momento sólo por el pasado, hasta que no lo perfeccione…
–No, no, está bien así.
–Puedes ver a Nicole.
Lo sabía. Ese tipo intentaba mandarme al otro barrio, dónde previamente había enviado a mi amiga Nicole. Estaba tan asustado que ni siquiera podía darme cuenta de todo lo que eso conllevaba.
–Venga hombre, si el funcionamiento es muy sencillo.
–¿Se tarda mucho en viajar por el tiempo?
–Un rato. Si quieres lo pongo en marcha y yo me voy a echarle de comer a los perros.
Esa era la única oportunidad para intentar escapar: alejar al psicópata de allí y ganar algo de tiempo. Después de todo, no se veía ningún cable de corriente que me pudiera electrocutar, ni depósitos de gas cerca. El Gordini parecía lo bastante seguro siempre que el viejo estuviera suficientemente lejos.
–Ah, muy bien. Pero no tenga prisa, yo estoy bien aquí.
Toscanini tiró de una palanca, y no pasó nada. Me hizo una señal como que todo iba bien y se fue después de abrir la puerta trabajosamente. Cuando lo creí lejos, intenté bajarme del coche, pero ya no pude, mis músculos no me respondían, y un pesado sopor me llevaba no sabía adonde
...
Noté unos suaves golpes en la cara y una luz que, al principio, me pareció cegadora. Una chica se acercaba a mí y me pasaba un pincel ancho por la frente. Cuando acabé de despertar me di cuenta que estaba en lo que parecía ser un cuarto de maquillaje de algún estudio de cine o televisión. Había un gran ajetreo de gente entrando y saliendo y a mí me habían puesto una bata blanca, como las que ponen en la peluquería.
–¿Dónde estoy?
–¡Ángel!
Alguien que sabía mi nombre me llamaba desde el sillón de al lado. Cuando el maquillador y la peluquera se apartaron vi a Nicole. Le estaban dando lo últimos toques a unos de esos moños a lo Audrey Hepburn que a ella le gustan tanto.
–Pero, ¿qué pasa? ¿Qué es todo esto?
Nicole parecía encantada. Yo empezaba a recordar cómo había empezado todo: Toscanini & co. No conseguía enlazar las últimas horas que recordaba con lo que estaba pasando.
–Nada, no te preocupes. Nos toca salir ya.
Un especie de secretaria entró y casi nos sacó a rastras, diciendo que salíamos a antena en unos momentos. Un gran estudio de televisión, con público en vivo y un decorado op art en blanco y negro, nos recibió. Nos sentaron en unos sillones de plástico hinchable y empezaron a enseñarnos unas pizarras con indicaciones: Faltan 45 sgs.
Todo el mundo vestía muy raro, y el que parecía ser el presentador era un clon de José María Iñigo. Hubiera dicho que era él mismo, de no ser mucho más joven que el auténtico. A nuestro lado había un asiento vacío. Un revuelo de flashes y fotógrafos anunciaban una presencia estelar. El público empezó a aplaudir desoyendo las indicaciones luminosas: Silencio.
Primero vi unos pelos blancos, y, luego, el resto del personaje: juraría que era el mismísimo Andy Warhol.
La chica de la limpieza llegó a casa de Nicole a eso de las nueve. Estuvo un par de horas trabajando en la parte de abajo y se tomó un respiro antes de seguir con las habitaciones de arriba. Pasó a ver los cuadros que había estado pintando la artista y se encontró el flexo encendido sobre una revista. Después de apagarlo se fijó en que era una edición del 50 aniversario del ¡Hola! Empezó a ojearlo y se paró en el capítulo de la historia de la televisión. De Los Chiripitiflauticos al Un, dos, tres, y de El Conde de Montecristo a Estudio Abierto. Le hizo gracia lo que se parecía la chica que estaba junto a Iñigo a Nicole. Y junto al tipo del pelo blanco había uno clavadito al amigo ese de la perilla que la pintora le había presentado en una de sus inauguraciones.
Fuente:
Catálogo Sueños de oro de Nicole Palacios. Diputación de Albacete, 1999.




