Charris
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Espejismos

2000

Mateo Charris, Ángel

I. Hubo un tiempo en que un artista no era nada sin un ismo. A las provincias llegaban los ecos de las grandes hazañas de las vanguardias y, si unos intentaban subirse a la estela de un cometa agonizante, otros, los más osados, trataban de fabricar un movimiento que pudiera hacer fortuna. Surgieron así cientos de pequeños ismos, bastardos del fauvismo, impresionismo, futurismo… Llegaron a aparecer diferentes corrientes homónimas en varios puntos del planeta.
Hubo un espejismo en Uruguay, que fundó un tal Lancetti, ocupado en descifrar los reflejos de los cuerpos en las superficies pulidas.
Otro en Zamora, cuyos seguidores empleaban un complicado artilugio de espejos para intentar una fragmentación de la realidad cercana al cubismo.
Y en Filipinas, este ismo consistió en modelar figuras siguiendo los caprichosos diseños de los espejos deformantes.
Los artistas espejistas nunca han sido conocidos, y duermen su sueño eterno en el trastero de la historia, con el resto de entusiastas empeñados en fletar barcos que se hundieron nada más comenzar su travesía. 

II. Mi diccionario habla de espejismo como ilusión engañosa. ¿Qué no lo es?

III. Desde la avioneta observé una perfecta línea trazada en el amarillo pajizo de la sabana, un prodigio de geometría entre el desorden de acacias y gacelas del otoño africano. Nuestra sombra intentaba trazar una paralela imposible con ella.
Seguimos avanzando y perdiendo altura y, en una caprichosa ondulación del terreno, horizonte y línea se encontraron, convergiendo en la imponente figura de un rinoceronte albino. 

III. Historia del siglo. A veces vemos el futuro del arte al final de la carretera, poderoso y vibrante, y nos dirigimos a él rendidos ya a su nueva fe.
Al ir acercándonos se va desvaneciendo, primero como una tarta de gelatina temblecona y, después, como un alma en pena.
Pero el sol pega fuerte y al fondo se ve un nuevo castillo que conquistar, una nueva playa en la que bañarse.
Hay quien lamenta este continuo trajín de esperanzas traicionadas y se instalan en el primer pueblo que encuentran en su camino. Otros continúan haciendo millas y repostando, de vez en cuando, una buena dosis de entusiasmo; recuerdan la belleza del espejismo y se dicen: ¿no está el mayor placer del viaje en sí mismo? 

IV. Hay espejismos grandes y pequeños, tristes y desternillantes, salados y dulces, leves, densos, dorados.
Los hay que viven en chabolas o en barcazas junto al canal.
Prefieren unos la fina lluvia del clima norteño, y otros los cálidos inviernos donde habitan los flamencos.
He visto espejismos en el metro y en vespino, escondidos tras la seria apariencia de un dogma científico, de una celebridad consagrada o de un asesino en serie.
¿Qué somos nosotros? ¿Qué seremos sino trucos desechados del baúl del gran ilusionista? 

V. La vida y el arte siguen órbitas elípticas que a veces coinciden en complicada y enigmática disimetría. Se eclipsan entre sí, se afectan en cuestiones de fluidos y mareas, pero sólo en ocasiones se tocan, bailan un rato boleros y se despiden hasta otra vez, empezando a vivir de la nostalgia, pero también de la esperanza.

VI. ¿Sabe el espejismo que lo es? 



Fuente:

Catálogo Espejismos de Charris. Galería Marisa Marimón. Orense, 2000.