El pabellón quemado
2001
Mateo Charris, Ángel
Catálogo
A mi padre
Esta exposición es apenas una sombra de la ideada por otro hombre. Sus sueños acabaron siendo cenizas y él con ellos, volviendo al territorio del que todos salimos y al que todos volvemos, el del recuerdo y el humo.
Nuestra pequeña república no existiría sin personajes como él, y nosotros seríamos menos complejos y más grises.
Reverendo John Sargent Sicre.
Cuando arrojo otra rama al fuego, el tiempo parece despertar de su letargo. Las sombras se agitan con más fuerza en las paredes anaranjadas, y las llamas ofrecen nuevos jeroglíficos que descifrar.
La chimenea parece querer contar todas los secretos devorados en los últimos años: las cartas, los pagarés, los proyectos inacabados, las promesas incumplidas…
La mandíbula de tiburón dibuja una sonrisa grotesca en el techo.
Las cortezas, crepitando, reclaman morir escuchando una historia. Y aparece la sombra de Manuel, el capitán, maldiciendo alegremente entre las brasas.
Para alguien que confía su futuro a la quiromancia, una marca en la línea de la vida puede ser el gran cañón del Colorado. Él, que tanta fe tenía en esas cosas, podía relacionar todos los acontecimientos de su pasado con cada imperceptible accidente de su palma. Decidió ser marino y dejar de serlo, enamorarse o sufrir ausencias, según los oráculos que interpretaba en cada mano.
Desde hacía un tiempo interrogaba un pequeño corte que le indicaba un giro a su existencia; esperaba uno de esos golpes de timón que nos hacen creer que podemos ser otra cosa que lo que somos.
Y un día lo vio claro. Nunca me dijo qué fue, ni cómo sucedió, pero un día se levantó filántropo y patriota, se sintió uno con su tierra y en deuda, así que buscó el medio para corresponderle.
–Pero si tú eres antinacionalista –le dije medio en broma para probar la fidelidad a su nueva vocación.
–¿Y eso que tiene que ver? Yo hablo del lugar, del origen.
Y hablaba demasiado convencido como para considerarlo uno de esos caprichos con que a veces nos mareaba.
Los medios de los que se valió para que la Exposición Universal de Hannover invitara a participar oficialmente a la minúscula República de Cartagena pertenecen al universo misterioso que el capitán solía transitar.
Enseñaba, a todo el que lo quisiera comprobar, una voluminosa carpeta con todo tipo de documentación, sellos y confirmaciones de los organizadores.
Con este particular equipaje, un salvoconducto al territorio de la burocracia, intentó convencer a los políticos, que lo colmaron de palmaditas en la espalda, y a los patrocinadores, que lo obsequiaron con todo tipo de regateos y evasivas, del privilegio que suponía una oportunidad como ésta para dar a conocer al mundo los encantos del país.
Intentó captar adeptos para su cruzada entre la clientela de barberías, mercados, cenáculos intelectuales y salones de masaje. Pero sus más fervientes adhesiones, y casi las únicas, las conseguía entre los últimos parroquianos de las tabernas: los santos bebedores y los alérgicos a las zapatillas.
Ante una sociedad habitualmente apática, defendía a capa y espada su parcela, apenas un número en un plano, rodeado de grandes como Andorra y San Marino, las islas Feroe o Diego García, verdaderas potencias del bloque de los diminutos y las rarezas.
Manuel poseía una inmensa capacidad para el entusiasmo, pero escaso poder de convicción, lo cual lo convertía en un personaje pero nunca en un líder. Aunque sabía tocar la flauta mejor que el de Hamelín, a él no lo seguía ni una rata.
–Estoy un poco cansado. Apenas he conseguido unos duros de un lavadero de coches y el tiempo se echa encima –me dijo una de esas tardes en que parecía haber caído en el desánimo.
–Te vas a quemar con este asunto –le contesté en un tono que hoy me parece chuscamente premonitorio– No vale la pena que sigas con esto. Las fronteras de los cartageneros acaban aproximadamente a un metro alrededor de su ombligo. Y su identidad la forman unos pocos lugares comunes con los que cubrir las apariencias.
–¿Cómo puedes decir eso? Ven aquí, ¿no se merece esto todos los esfuerzos? –y me hizo asomarme a la ventana.
Una minúscula y solitaria nubecilla se enmarcaba frente a un cielo muy azul. El atardecer amarilleaba las medianeras de las casas del barrio. Las arquitecturas que nos rodeaban eran mediocres y desordenadas, un caos poco dado a la épica y al arrebato estético.
–¿Esto es lo que quieres promocionar? ¿La grandeza del cutrerío? ¿La metafísica de lo soso? –le increpé en tono burlón.
–¿Y por qué la grandeza es digna y lo pequeño es mezquino? No todo es sublime, monumental, ni pintoresco. ¡Y me encanta lo soso! ¿Qué merito tiene encontrar emoción en las Meninas, en Viena o el Partenón?
–Y tú te vas a buscarla a los suburbios.
–Y a las cloacas si hace falta.
Miles de estorninos atravesaron el cielo para regresar a sus dormitorios en los viejos ficus del puerto. La estela de un avión atravesaba la bandada componiendo una escena que no quise calificar sólo para no darle la razón a Manuel.
Pasadas unas semanas, en las que prácticamente desapareció, me lo encontré y me puso al tanto de las novedades.
El Ministro de Cultura, Festejos y Deportes, había demostrado un gran interés en el tema y parecía ser la palanca que movería todo el proyecto. Pidió revisar los contenidos proyectados por el capitán, que le horrorizaron lo suficiente como para intentar ponerlos patas arriba. Sus ideas eran las de mostrar al mundo los grandes vestigios arqueológicos y los monumentos de la república: unas cuantas piedras, la mayor parte de ellas reconstrucciones, y unas pocas esculturas y edificios de dudoso gusto y ningún interés. Exigía un pabellón con firma de arquitecto famoso e invitados de relumbrón para la apertura. Todo un prodigio de originalidad para el que, además, exigía todo sin ofrecer nada a cambio. Durante un tiempo el capitán le bailó el agua. Y hasta hizo un viaje a Madrid en busca del pabellón firmado.
Tres días y tres noches pasó junto al contenedor de basura del estudio de Moneo, hasta que pescó una maqueta que consideró adecuada a sus fines.Pero el Ministro, como buen político, continuó maquinando estupideces hasta que Manuel ya no pudo más.
Decidió continuar en solitario con su proyecto contando tan sólo con las escasas ayudas obtenidas: de los pescadores de Santa Lucía, de las chirigotas del Carnaval, de un fabricantes de salazones y de otros pequeños donantes.
Una mañana que paseaba en bicicleta por mi barrio me encontré, frente a los terrenos de la estación, a un oso y un par de llamas peruanas.
Formaban parte del circo Transilvania, uno de esos escasos espectáculos ambulantes que aún se pueden ver en las afueras de los pueblos de la vieja Europa, vestigios de otro tiempo y otros mundos, melancólicos embajadores del reino de las pulgas y de los doblones de oro entre el estiércol.
Cuando me acerqué a contemplar el insólito campamento, descubrí al capitán y a Serov, que así se llamaba el director de la trouppe, conversando animadamente.
Me uní a su charla y a sus brindis y, bastante más tarde, los dejé cantando en rumano y abriendo una nueva botella de una cosa a lo que llamaban ron.
–Bucura-te cum s-a bucurat Bucuroaia de bucuria lui Bucurel care s-a intors bucuros de la Bucuresti.
Y estallaban en risas que hacían rugir a alguna de las fieras.
–Piatra crapâ capra, capra crapâ piatra.
–Ven enseguida. Hay que ponerse en marcha.
El mensaje en el contestador sonaba pletórico y apremiante. Aquel licor insufrible parecía haber proporcionado al capitán toda la energía que le había faltado los últimos días.
Cuando acudí a la cita me encontré con la mismísima encarnación del entusiasmo. Sobre los mármoles del bar Sol fue desgranándome la estrategia que se había de seguir para la ejecución del pabellón, en un tiempo límite y con un presupuesto raquítico.
Diseñamos souvenirs reutilizando materiales de una fábrica embargada. Manuel puso a montar cámaras fotográficas de juguete a todas las asociaciones de pensionistas del país.
El rumano, con unos cuantos soldadores emigrantes, replanteó la estructura de su carpa ambulante hasta convertirla en una especie de réplica subdesarrollada de la maqueta de Moneo.
A mí me tocó diseñar unos paneles pintados, que ejecutaron amas de casas voluntariosas. Después de todo, los sonidos de la flauta comenzaron a surtir efecto. Todo para explicar el sentido ideado por el capitán para representar a la república: no podíamos competir con otras naciones en tecnología, ciencia, arte o historia, ni en panoramas pintorescos ni en gastronomía, pero podíamos hacerlo en prestidigitación, en una cierta sensibilidad, la de ver donde los demás no ven, la de lo cotidiano y lo gastado, lo pequeño: lo soso. En realidad Manuel no mostraba un país sino una forma de mirar.
–Si alguien no encuentra nada que provoque su curiosidad a cien metros de su casa, no hace falta que viaje a Egipto. Las pirámides le parecerán mudas.
Conseguí convencerle de que, al menos, mantuviera su proyecto envuelto en el secreto. No todo el mundo iba a entenderlo y quería ver a los políticos inaugurando este despropósito en la gran exposición universal de Hannover, en el año dos mil, para algunos el último del siglo.
El circo Transilvania, cargado con el pabellón de la república, partió un diez de mayo rumbo a Alemania. Un par de días después, recibí una llamada desde un pueblo llamado Hamelín, donde habían acampado.
–¿Ese es el del flautista? –le pregunté.
–Y yo qué sé. Aunque más de una rata sí que hay –y usó un tono enigmático y tenso que atribuí a los nervios del viaje.
Las siguientes noticias de Manuel y su aventura las tuve por los medios de comunicación. En una de esas oscuras noches de cristales rotos y cabezas rapadas, habían ardido unos cuantos albergues para emigrantes y un circo rumano acampado en las afueras de una bonita villa germana. El festejo de los descerebrados había acabado con varias víctimas y con mi amigo, el capitán, gravemente chamuscado en un hospital.
Cuando entré a la sala acristalada en la que me dejaron verle, al menos al cuarenta por ciento de él que aún parecía humano, me sorprendió que todavía tuviera ganas de sonreír. Me hizo un gesto que en su particular código yo sabía que quería decir algo así como: hasta el final, todo es vida. Y me enseño la palma de su mano. Según él, su línea de la vida era tan larga que llegaría a centenario.
Murió unas horas después.
El circo Transilvania o, mejor, el sueño de Manuel, era apenas un montón de brasas mojadas. Serov me abrazó dándome un largo discurso en su lengua del que sólo entendí lo más importante: amor y dolor.
El reloj ha dado las once. El gato del capitán duerme enrollado frente a los últimos rescoldos.
He decidido hacer una exposición que reproduzca en parte el pabellón quemado, los recuerdos, la maqueta, los dibujos del cuaderno del capitán Horacio –CH– como le gustaba firmar.
¿Cuándo se pierde el rastro de la gente que se va? ¿Y adónde va?
La casa todavía es él. Los sillones conservan su forma y los libros las marcas de lectura interrumpida.
La lente de sus gafas enmarca un verso: Al final de esta frase, empezará a llover.
Fuente:
Catálogo El pabellón quemado de Charris. Galería My Name’s Lolita Art. Madrid, 2001.




