Charris
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Todo lo que usted siempre quiso saber sobre mi pintura y nunca se atrevió a preguntar

1991

Mateo Charris, Ángel

El artista que habla de su obra tal vez no la explica, tal vez no ayuda a que esta sea comprendida pero sí puede hacer entender los mecanismos que llevan a que unas cuantas maderas, tela y pintura se conviertan en un objeto que merece ser experimentado estéticamente.
Con la patente de corso que me conceden la ingenuidad y la buena fe, puedo intentar adentrarme en un medio que no es el mío, la palabra, para contarles lo que quisiera que vieran en mi obra. Pero el artista propone y el Arte dispone.
Las imágenes cobran vida propia y se vuelven tristes o alegres, brillantes u oscuras a su antojo. Uno se siente como el gremlin al que han mojado con alguna extraña fórmula y va escupiendo bolas que luego se convertirán en monstruos de las más diversas personalidades.
Pero permítanme hacerme la ilusión de que controlo mi proceso creativo, que intención y resultado se corresponden adecuadamente, que donde pongo el ojo pongo la bala. Puesto que “todo artista lo que realmente persigue es ser un hombre coherente con su época, y más aún, avanzar con su tiempo, y aún por delante de él”[1], permítanme que asuma todas las contradicciones, virtudes y pecados de la época en que me ha tocado crear. Permítanme ser banal y poco selectivo con la parafernalia visual con la que nos bombardean pero también crítico y escéptico con los dogmas y las ideologías. Permítanme que sea cínico, superficial e irónico pero también tierno, profundo, melancólico, divertido, pedante, brillante… y permitan que mi obra lo sea de igual modo. No me condenen a realizar una obra “coherente” y comprometida con ella misma o con la imagen que se quieran crear de mí. Déjenme recuperar las viejas palabras y los viejos conceptos, aunque me encuentren algo irreverente; dejen que le pierda el respeto a la Tradición, a la Historia, a la Pintura y a la Originalidad. (“Si respetas demasiado algo, nunca llegarás a adaptarte ni harás nada nuevo e imaginativo con ello”[2]). Déjenme ser humanista y romántico, renacentista y dadaísta. Déjenme añadir a mi paleta sentido del humor “que los actos de la vida son tan serios que no admiten las bellas artes lo sean en grado parecido”[3]. Déjenme arrepentirme y negarme, dudar –“que quien no duda poco logra”[4]. Déjenme pintar “toda la creación, las operaciones accidentales de los hombres y todo cuanto pueden los ojos aprender. (…)
¿No ven la diversidad infinita de las cosas y las formas? Todo esto debe poder ser reproducido por los que se llaman pintores”[5]. Permitan que me llame pintor.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

“Si hay algo de lo que se diga: ‘Mira, eso sí que es nuevo’, aún eso ya sucedió en los siglos que nos precedieron”
Eclesiastés 1, 10.

Desde siempre lo nuevo fue negado por los sabios, aguafiestas que tiraban por tierra las ilusiones de los creadores, empeñados en descubrir nuevas fórmulas para transformar la materia en emoción. Sin embargo, si algunos de ellos fueron capaces de ir dando forma a nuevas imágenes, negándose a aceptar una derrota de antemano, fue por su fe ingenua y cerrada en el Arte.
Algunos no quisieron darse por enterados de los sucesivos finiquitos a la evolución del arte y continuaron apareciendo obras, fragmentos de una nueva realidad que consiguió atraparnos, asombrar e inquietarnos.
Como un canto repetido y monótono vuelven a surgir las voces que decretan la muerte de la pintura y utilizan como argumento principal los continuos coqueteos de los nuevos creadores con el pasado. “El Arte se comerá a sí mismo”.
Pero esto no es nuevo, “para la mayoría de los críticos de la primera mitad del siglo XIX, Ingres era deplorable porque parecía que retrotraía el arte a la Edad Media. De modo parecido, a Delacroix se le atacó con vehemencia porque parecía mirar hacia atrás, hacia el siglo XVIII.”[6]
El peligro no está en mirar atrás, sino en hacerlo con los ojos viejos y cansados. Un artista tan poco aquejado de miedo a la modernidad como Marcel Duchamp decía que “cuando uno elige algo que pertenece a un periodo anterior y lo adapta a su propio trabajo, esta línea puede resultar creadora.”.[7]
La lucha titánica que emprendieron las vanguardias históricas contra los academicismos decimonónicos sirvió para liberarnos de reglas y prejuicios que encorsetaban la creación artística, pero no podemos sustituir aquellos por los nuevos academicismos modernistas. “Yo creo que hay que seguir planteando esa misma batalla, pero esta quizá tiene ahora un signo contrario. Ocurre que, hoy por hoy, la Academia son las instalaciones, las performances… ese tipo de cosas. Yo no defiendo una reacción, como, por ejemplo la de los Prerrafaelistas en su momento. Para mí se trata de buscar una fórmula absolutamente moderna que le permita a la pintura avanzar a la vez que recupera el sentido de sus límites, de sus bordes”, dice Dokoupil.[8]
Sólo se convierte en estatua de sal el que mira hacia atrás buscando muletas en las que apoyarse, temeroso de un camino en el que le ha de sorprender el riesgo. No el que asalta la historia con la chulería del pirata que arranca tesoros del pasado para pagarse una cita con la aventura y un destino incierto.
“Al volver a la historia del arte, tienes, por una parte, un enorme campo abierto que puedes utilizar y a partir del cual puedes mirarlo todo y coger lo que te apetezca” (Andrea Schulze)[9].
Por otro lado, puede que no haya tanta diferencia entre pintar una manzana, un paquete de Norit o una cita de Murillo. Si decido utilizar la imagen del Buen Pastor de este pintor, ¿quién puede decirme si estoy haciendo una cita al la pintura del siglo XVII o reproduciendo una caja del dulce de membrillo que incluye esta imagen?
“La pintura clásica y la contemporánea se reproducen hasta la saciedad y la resignificación, la alta cultura ya es en distintos niveles cultura popular (…) hace mucho se consumó la mudanza y esas formas fueron de la pintura a la realidad, de los muesos a las visiones cotidianas, de una obra específica a las maneras que tenemos de ejercer los puntos de vista.”[10]

Charrilandia

“Lo sublime y lo ridículo deben coexistir en el arte lo mismo que en la naturaleza” pues “para el maestro español nada es demasiado bajo ni demasiado feo para pintarlo con el mismo pincel y en el mismo lienzo que la más idealizada y divina belleza”.[11]
Estas palabras pronunciadas para justificar la obra de Goya a la luz de las teorías de los artistas del romanticismo europeo, deberían bastar para explicar mi empleo de los más “imposibles” encuentros de imágenes que se producen en la superficie de mis lienzos. No necesito justificar de ningún modo mi fascinación por el mundo de la cultura popular, desde los dibujos animados a las más altas manifestaciones artesanas del mal gusto, pasando por los paraísos publicitarios. Si me siento atraído hacia este tipo de imágenes es porque “operan estéticamente y porque, literalmente, hago que cambien su función al darles una tonalidad o una relevancia diferentes”.[12]
Todo se convierte para mí en material de uso artístico y me puede producir el mismo nivel de goce estético una galería del Louvre, que una tienda de todo a cien.

Hazañas bélicas

Cuando me planteé el ejercicio de situarme en el punto en que se encontraba la pintura antes de la irrupción del movimiento moderno y las vanguardias históricas, me topé de lleno con el academicismo decimonónico. Casi cien años de continuo desprecio y negación de un sistema por parte de artistas, críticos y, en cierto modo, del público, consiguieron despertar mi curiosidad de amante de causas perdidas. AL zambullirme en el siglo XIX, de disciplinas añejas, de enormes cuadros de historia, exposiciones nacionales, y olores rancios, encontré obras buenas y malas, artistas buenos y malos, reglas y gente que salta las reglas: o sea como en cualquier periodo de la historia.
Repasé los tratados de pintura y estética que martirizaban a los artistas del siglo pasado (los tratados de Mengs, Rubens, Leonardo, Diderot, etc) con la sonrisa y el escepticismo del que huele el siglo XXI. Decidí profundizar en uno de estos libros de texto obligatorio ­–el Tratado de la Pintura de Leonardo da Vinci– par explorar las posibilidades que me ofrecía el seguir las instrucciones casi al pie de la letra, pero con el bagaje que me daba el conocimiento de la posterior evolución del arte y mi propia mundo pictórico personal. Se trataba de elaborar unas obras sobre guión (a la manera de los cuadros de historia) recuperando alguno de los grandes temas de la pintura. Elegí el de las batallas por las precisas –y en algunos casos sorprendentes– instrucciones con que Leonardo pretende aleccionar a los pintores de generaciones venideras. Instrucciones con las que más de un aplicado alumno debió de volverse loco por lo absurdo de sus consideraciones. El resultado se puede ver en las obras que presento.
Mis batallas son alegorías de cualquier guerra, en cualquier época, en cualquier escenario. Así es como Leonardo y yo vemos este tema recurrente en la historia. “Un género pictórico de enorme vitalidad y fortuna que cultivado sin interrupción desde tiempos medievales –sobre todo en los muros de casonas, castillos, iglesias y otros centros de poder– encuentra su auge sobre el lienzo en el siglo XVII, para declinar lenta pero inexorablemente, hasta desaparecer casi por completo a finales del siglo XIX”.[13]
He representado la guerra como una salsa en la que, a pesar de lo heroico, lo doloroso, lo cruel, lo terrible y lo estúpido, siempre sobresale el sabor de lo absurdo. Después de haberlas pintado, el dios Marte se dio un paseo por el Golfo Pérsico y el destino hizo que estas cobraran la actualidad que nunca busqué.

Pintando bajo la lluvia y otros temas inolvidables

En el siglo XIX, los artistas que eran pensionados por las Diputaciones Provinciales (el equivalente en el tiempo a las actuales becas) eran obligados a realizar una obra relacionada con algún hecho histórico de la región en cuestión, ya fuera este cualquier acontecimiento dramático, histórico o simplemente anecdótico[14]
Siguiendo el perverso juego de la revisión , escogí un tema siempre presente en la historia de esta región y que ha sido escasamente tratado por los artistas plásticos de cualquier época, el de las inundaciones en esta parte del Levante español.
Como referencia y guía me dirigí una vez más al Tratado de la Pintura y encontré todos los datos de cómo se debe pintar un hecho de este tipo en el capítulo relativo a la Representación del Diluvio.
Mi diluvio es lo suficientemente universal como para poder ser aplicado siempre en casos específicos. Si algo parece faltar en este cuadro es porque se halla anegado bajo las agua, vencido en el fondo del valle, oculto bajo un mar de millones de gotas.
Encontraréis en este catálogo retratos, bodegones, paisajes, batallas… géneros amontonados en el cuarto trastero. Me siento como un nuevo Doctor Frankenstein, resucitando temas olvidados y formas de pintar dadas por muertas por las vanguardias de este siglo, desempolvando viejos tratados e invocando autores que duermen bajo capas de barnices y suciedad en los museos (viejos maestros semiolvidados). ¿Le gustará a Leonardo (viejo maestro nunca olvidado) mis batallas y diluvios? ¿Me tirará de las orejas por subvertir sus indicaciones? Espero que no, He de conseguir una de sus sonrisas giocondescas o alguna palmadita condescendiente.

Aviso al espectador: Nada hay atado y bien atado. “No hay un puzzle oculto que desembrollar, sólo relámpagos de contenido, corrientes emocionales o intuiciones compartidas”[15]. Juegue a interpretar. Acabe usted el sentido.  

 

[1] Olivares, Rosa. Miedo a las imágenes- Lápiz nº 73. Dic 1990

[2] Leigh, Christian. El barroco silencioso, Balcón nº 5/6. Jul.1989

[3] Stendhal, Historia de la Pintura en Italia”. Espasa Calpe. Madrid, 1967

[4] Da Vinci, Leonardo. Tratado de la Pintura.

[5] Da Vinci, Leonardo. Tratado de la Pintura.

[6] Haskell, F. Pasado y presente en el arte y en el gusto. Alianza Forma. Madrid, 1989.

[7] Duchamp, Marcel. Escritos. Duchamp du signe. Gustavo Gili. Barcelona, 1979

[8] Rivas, F . Volver a subir la escalera. Catálogo Dokoupil. Fundación Caja de Pensiones. Febrero/marzo 1989.

[9] POwr, K. Entrevista con Andreas Schulze. Catálogo AS. Junta de Andalucía. Enero/febrero 1988.

[10] Monsivais, C. Ray Smith:de las nupcias… Balcón nº 5/6 Julio 1989.

[11] Hempel, Lipschutz. Imágenes y palabras de los románticos franceses ante la pintura española” en Imagen romántica de España. Madrid Octubre/noviembre 1981

[12] Power, K. Catálogo David Salle. Fundación Caja de Pensiones. Madrid 1990

[13] Brihuega Sierra, J. Catálogo exposición Batallas. Ministerio de Cultura. Madrid 1990.

[14] Reyero, Carlos. La pintura de historia en España. Cátedra. Madrid 1989.

[15] Véase nota 12



Fuente:

Para el catálogo Becarios de Artes Plásticas. Iglesia de San Esteban, Murcia 1991.