Charris
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11 Waverly Place

1995

Mateo Charris, Ángel

24.02.1992

Desde mi ventana veo un trozo de la Avenida Broadway. Veo un largo edificio de diez plantas escoltado por dos de cuatro. A los estudiantes de teatro ensayar en la universidad cercana, una fuente sin agua y a la gente que se esconde bajo el ala del paraguas. Una farola llena de consejos –One Way, Stop, One Way, Waverly, Mercer Street– un buzón, muchos negros y una ristra de taxis amarillos. Escucho las sirenas de los coches de bomberos y los cláxones nerviosos de los hombres. Y gente que habla y grita, y otros que callan y sonríen. Desde abajo ven la luz de mi ventana y no saben que hablo de ellos, que los pienso, que los cuadrados luminosos en el sexto cuentan una historia que los crea. Mi edificio está lleno de ventanas, encendidas y apagadas, ruidosas y calladas. Cientos.

Desde mi colmena la acera se ve mojada.

13.02.1992

Comenzaba a nevar sobre la ciudad gris. El tiempo, perezoso, se negaba a enfrentarse a una amenaza de agujas plateadas, refugiándose en un universo de seis metros cuadrados. Una rutina tranquilizadora comenzaba a recomponer los ácidos de un estómago revuelto mientras Edward Hopper y John Frederick Kensett me confortaban en un tono confidencial y cómplice.
Las estrellas, deshechas en millones de pedacitos, se esparcían por el suelo de Manghattan y sobre las cabezas de los paseantes, los sin hogar y los vendedores de perritos calientes. Algunos pobres locos se esforzaban en recomponerlas.
Un cristal empañado me devolvía una sonrisa incierta
En el canal 13 Abbot le decía a Costello –¿pero todavía tienes ganas de reir?
Y el otro le respondía –¡pero si no me estoy riendo!
En el canal 34 un predicador exóticamente vestido respetía: ¿Pero de verdad pensabais que después del veintiuno vendría el veintidós?

7.04.92

Desde el Jardín de Invierno se divisa una orilla metafísica, de edificios de Tente y banderas chiriquianas. El ambarcadero es falso y hermoso y las palabras de Walt Whitman están inscritas en bronce como barandilla hacie el Hudson. Una Libertad rechoncha nos da el costado y unas mágicas cajas de juego de arquitectura nos encierran en la tarima de un teatro callado.
Dentro del jardín, las palmeras, orgullosamente enjauladas, esperan el nacimiento de las orquídeas de primavera. El lujo se refugia de las molestias de un siglo en obras. Las últimas gaviotas aprenden gospel.
Un gordito empleado de finanzas achucha a una gordita secretaria de finanzas.
El octavo pasajero se reencarna en un estómago turista. Las lenguas del infierno me lamen en el oscuro corredor que lleva a la paz.
Mañana de abril en el Winter Garden.

27.02.1992

He visto una mujer llorando en un coche que esperaba ante un semáforo, a un pobre rebuscando en la basura y un árbol con una gran herida fresca. He visto un Cristo con una llama en la cabeza y un basto en la mano, a una anciana enana negra y a un pavo disecado con orejas de conejo. Y un león, y una serpiente, y un lobo y unas palomas.  Un camión con una chica niquelada en una puerta y una estancia mágica iluminada con colores de neón. He visto un parque y un judío, una virgen y un vestido acribillado por balazos, un vestido rosa y corto. Estoy en la Isla de las Tortugas[1], y eso lo explica todo. Bueno, tal vez no lo del pavo y sus orejas.

 

[1] Soy en New York



Fuente:

Para La Naval Extra Papirocharris, abril 1995.